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Antes de que el Furry Fandom naciera como movimiento, hacía mucho tiempo que el ser humano se había fijado en las virtudes y comportamiento de los animales para mostrar y criticar su propia naturaleza, sea como el Lobo que demuestra la perversión hacia la Caperucita Roja.

Pero vayamos con calma y empecemos con uno de los temas más usados de la historia: la Deshumanización. Es muy común encontrar gente que vive en condiciones miserables, sobre todo en las grandes ciudades. En lo último que pensamos es pasar a su lado. Lo que realmente nunca pensamos qué es lo que llevó a esa gente a tener esa clase de vida.

La corriente del realismo de la segunda parte del siglo XIX, retrata fiel y crudamente las miserias de la vida diaria. ??ngel de Campo, cuentista mexicano, escribió “El Pinto. Notas biográficas de un perro”, que se reproduce a continuación.

El Pinto: notas biográficas de un perro

Chilindrina era una perrita poblana, gordita, muy lavada, muy blanca , con su list??n al cuello, siempre dormitando a las faldas de Do??a Felicia, su ama, que era due??a de un estanquillo y había concentrado en ella todo su amor de vieja solterona. Cuidaba del buen nombre del animal como las madres cuidan la inocencia de sus hijos, y casi muri?? de dolor cuando la terrible noticia: Chilindrina, la doncella sin mancha, había tenido amores con el Capit??n, escuintle horroroso de un zapatero vecino; frutos de estos amores fueron la Diana, el Turco y el Pinto, de quien voy a ocuparme.

Era un perro de pueblo, enteramente flaco, de orejas derechas y agudas, ojo vivaz, hocico puntiagudo, grandes pelos lacios y cerdosos, patas delgadas y cola pendiente; era esa clase de perro de raza ind??gena, que tienen una semejanza con los lobos, de un color amarillo sucio manchado de negro, lo que le val??a su nombre de Pinto. Su historia puede encerrarse en estos capítulos: el hogar, el cuartel, la calle, la vagancia.

Muy pocos días dur?? bajo el brasero en el caj??n de vino, lleno de trapos manchados de petr??leo que le sirvi?? de cuna. A??n no abr??a los ojos, que ten an esa opacidad azulosa de los reción nacidos, aún su paso era d??bil cuando lo regalaron a la primera que lo pidi??, y fue do??a Petra, portera del 6 de Mesones, se??ora fea, que no teniendo quien la amara, amaba a los animales. Un gato se le había desertado, y para mitigar la ausencia iba a sustituirlo con un consentido más fiel: el Pinto. Con calma maternal deba las migas de pan en leche al tierno niño, lo acostaba en un rincón envuelto en trozos de alfombra, lo arrullaba en el regazo y en horas de quehacer lo expon??a al sol tibio de la ma??ana; ahí reposaba el Pinto cazando moscas al vuelo, dando pasos cortos, oliendo las junturas del embaldosado y acost??ndose de nuevo, previas las vueltas de ordenanza.

Creci??, y com??a las sobras que daba a su ama una familia de la vivienda principal. Su vida era sedentaria; se reduc??a a vegetar y no sal??a del zagu??n de la casa, porque sent??a un temor invencible por los transe??ntes, los coches y los perros más grandes que él. Cuando el ama sal??a, lo dejaba encerrado, y más de una vez se oyeron tras la puerta aullidos lastimeros a los que respondían frases col??ricas de los vecinos nerviosos.

Vivían arriba dos niños que al irse al colegio siempre le arrojaban un pedazo de pan, y al volver siempre le hacían un cariño, dicióndole con voz mus dulce: “Pintito, toma”, y tron??ndole los dedos lo llamaban en dirección de la escalera. él los hubiera seguido, pero le inspiraba serios temores aquella ascensi??n peligrosa y, sobre todo , la opinión de su ama. Un día decidió subir. Los Angulo lo colmaron de cariños, lo hicieron corretear por el corredor, ense”?ndole y escondi??ndole un pa??uelo que desgarraba a mordiscos, y los hacía exclamar con infinito placer: “??Sabe jugar al Toro!” Ya eran amigos: ya el pobre Pinto seguía a la criada hasta el colegio, y con disimulo señalaba con su huella en todas las esquinas para reconocer el camino. Aparecían los Angulito y corr??a con esa vivacidad propia de una gran emoción.

Todo lo sufr??a el buen amigo; que lo ensillaran, lo vistieran de mu??eco, lo hicieran tirar de un carrito de palo lleno de ladrillos, lo forzaran a saltar por el mango de una escoba, o hacer de toro y hasta de verdugo, cuando alguna rata infeliz sal??a de un agujero por sus negras desdichas. Sin embargo, ??qué temores de aquellas visitas! ¿Qué odio debía tenerle aquella se??ora descolorida que lo ve??a con ojos tan malos y lo hacía despejar el corredor!

Una ocasión los niños no lo llamaron como otras veces y él subi??. La criada lo esperaba tras de la puerta y lo llamaba, ¿cosa rara!, con voz dulce. Acudi?? y entonces lo suspendi?? por el aire tom??ndolo por el pescuezo; lo llevó a un rincón del corredor, le restreg?? el hocico contra el ladrillo sucio y le peg?? de escobazos. En vano aull??, en vano decía con los ojos “??yo no he sido!”; la fuerte mocetona le peg?? duro, y los niños lo ve??an con inmensa compasi??n tras de los vidrios.

¿Pobre Pinto! Su ama lo abandon??, días enteros se pasí en la calle oliendo todos los rincones y en busca de ella. Aull?? a la puerta de la antigua porter??a hasta que una vecina se compadeci?? de él; era una mujer de cascos ligeros que ten a amores con un alba??il.

Hac??an tres viajes diarios hasta la Alameda para que comiera en una banca el se??or aquel lleno de cal. Gravemente sentado: como perro bien educado, ni parpadeaba.

Después el amor de su nueva ama pasí a un soldado y supo lo que era la vida de cuartel. Comi?? el vil rancho, tuvo amistad con gentes malignas; pero sucedi?? lo que ten a que suceder: el regimiento sali?? y de nuevo lo abandonaron.

¿Qué comer? Si se deten a en la puerta de una fonda, le aventaban unas tenazas; sí iba a una carnicer??a lo pateaban; si encontraba un hueso, se lo arrancaba otro can fam??lico más fuerte que él. En aquellos días se apiad?? de él un viejo de barba blanca y sucia, pantalones rotos y zapatos llenos de agujeros: era un mendigo que se fing??a el ciego.

Todo el día se pasaba las puertas de las iglesias donde había función o jubileo. El amo, apoyado en el grasiento bast??n en forma de b??culo, y él, amarrado del cuello con un mecate lleno de punzantes hilos. Comi?? las tortillas heladas y los mendrugos de pan frío de la miseria; sufri?? los palos de más de un sacrist??n, y ten a también en aquella época un aire de mendicidad, la cabeza gacha, los ojos tristes, el rabo entre las piernas, y hecho un esqueleto…

Estaba predestinado para el martirio. Su amo, el falso ciego, rob?? una vez y lo condujeron a la inspección. ??Terrible noche al aire libre! La pasí en la puerta de la comisar??a y nunca olvid?? la escena del día siguiente; el rostro demacrado del amo, que acompañado por muchos pillos, con un jarrito colgado a la espalda, entre dos hileras de gendarmes fue conducido hasta Bel??n. Quiso entrar pero no tuvo ni una mirada de despedida de su amo, y sí un culatazo de un centinela.

¿Qué hacer? Caminar al ocaso. Anduvo calles y más calles, fatigado, sudoroso, sediento y lo recib??an en los vecindarios con ladridos de amenaza.

El hambre lo postraba; ni en una fonda, ni en una carnicer??a, ??nada! El aislamiento, el verano de calores quemantes, la repulsi??n en todas partes; buscaba la sombra en el hueco de un zagu??n, y crueles porteros lo espantaban; seguía a alguien, y aquel alguien, al entrar a su casa, dando una patada en el suelo, le cerraba las puertas en el hocico. ¿Pobre Pinto! Dos veces intent?? olvidar con amor su desdicha, pero las dos fue desgraciado. Ya casi había conquistado a una desconocida, cuando un se??or alto, moralista tal vez, lo espant?? peg??ndole un bastonazo; lo iba a machucar un tren, y perdi?? a la dama. Su segunda tentativa fue tan desgraciada como la primera: un Terranova, abusando de la fuerza, le arrebat?? a la que tanto había so??ado. ¿Pobre Pinto!

Llegaron aquellas noches interminables de vagancia, aquel husmear continuo en todos los rincones, a la puerta de las accesorias, esperando que arrojaran al caño el agua sucia de la cena, para pescar un hueso y huir de él donde nadie se lo disputara; rebuscar en los montones de basura; seguir a los ebrios para… ¿Qué f??nebres rondas hacía con otros compañeros de desgracia! Se olfateaban los unos a los otros para saludarse, se mordían, ladraban, y un vecino les arrojaba agua desde un balc??n; dorm??an hechos rosca en el umbral de una puerta.

Eran noches de pesadillas terribles. Pinto so??aba estar en una azotea con la cazuela de sobras repleta, sub??a la Diana, le hablaba de amores junto al tinaco le decía “eres mi vida”. Y ??paf! Un se??or que entraba a deshoras en su casa, lo despertaba con un puntapi??. Aquello no era vida, los carretones de comida no tra??an ni un solo hueso que roer, y cuando lo había, la fuerza bruta se lo arrancaba de los dientes.

Evocaba aquel pasado siempre adverso: ¿Para qué había nacido? ??Sin creencias, sin para??so, sin palabra siquiera para pedir un mendrugo! Y cazaba moscas al vuelo o saciaba su sed en los charcos.

Una ma??ana lo llamo un se??or y le arroj?? un pedazo de carne. ??Al fin! Sí, s??; había indudablemente un esp??ritu protector de los hambrientos; sinti?? una embriaguez de placer al aspirar el aroma tibia de aquella pulpa, y ??era fresca! Y la comi?? con glotoner??a. Un fuego devorador circulaba en sus venas, parecía que desgarraba sus entra??as, sus miembros se estremec??an en dolorosas convulsiones; tambaleaba como un ebrio y, por fin, se desplom??. ??Lo habían envenenado!

¿Qué cuadro! Yac??a en el Lodazal. Todo fue crueldad en aquellos momentos. Un carro al pasar le trituro una pata; había un circulo de curiosas, criadas que volvían de la compra; mandaderos con la canasta en la mano y que se entreten an en picarlo para provocarle largos estremecimientos convulsivos. La cabeza ca??da, los ojos inyectados fuera de las ??rbitas; los blancos colmillos descubiertos, la lengua de fuera, el hocico abierto y babeante; la respiración de un sofocado, y las patas agit??ndose en nervioso desorden ??Y aún en su agon??a lo azuzaban y se re??an de sus contracciones de epil??ptico! Ni una queja, ni un ladrido… Los niños Angulo pasaron y se detuvieron, sus ojos infantiles lo vieron con gran tristeza, y los oy?? murmurar:

–¿Pobrecito! Y se parece al Pinto.

Era el Pinto: ??que flaco estar??a para ser irreconocible! Después de un último sacudimiento quedó inm??vil.

“He aquí el Pinto, ciudadano honrado, de origen noble, fiel, trabajador, digno de un coj??n de viuda o de una azotea de rancher??a, convertido en cad??ver y ??envenenado!… Pero “?sta es la vida!”

 

Bibliografía

??ngel de Campo. Ocio y Apuntes y La Rumba. Porr??a (Colección Escritores Mexicanos), México. 2004, Segunda edición, 367 páginas. ISBN: 970-07-4865-0

Más información

??ngel de Campo en Wikipedia

??ngel de Campo en la literatura de México: Wikipedia

??ngel de Campo y el realismo literario

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Edición: Pan

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