En el zoológico de Roma vive un gorila macho con una musculatura tan impresionante, que a su lado uno de esos campeones de musculatura parecería enclenque y debilucho. Su ocupación favorita era gastar bromas pesadas a los visitantes que frecuentemente se aproximan demasiado a los barrotes de su jaula.

Con aire ciertamente provocativo, apoyaba su poderosa espalda en la reja. No pasaba mucho tiempo sin que alguien de entre el público se dejara arrastrar por la tentación de acariciar la piel del gorila. De repente, en una fracción de segundo, el gigante de doscientos cincuenta kilos de peso, se volvía de frente con un salto al estilo King-Kong y con aire amenazador y terror??fico, con los dientes al aire y la piel erizada, lanzaba un rugido en comparación con el cual el grito de victoria de Tarzán sonaba como gemido de un niño de pecho.

La multitud retrocedía autom??ticamente a cinco metros de la reja, con el terror reflejado en el rostro, antes de comprender que el monstruoso gorila no podía, y ni siquiera intentaba, salir de su jaula. El animal se limitaba a quedarse durante unos minutos en posición amenazante, como atleta invencible, y de nuevo se colocaba de espaldas a los barrotes, en espera de que un nuevo ingenuo le diera la oportunidad de asustar a sus visitantes.

Muchos otros simios de las más diversas especies, encerrados en los zoológicos, suelen divertirse con travesuras similares u quitan las gafas u otros objetos a los visitantes que se acercan demasiado a ellos para alimentarlos, que después arronan despreciativamente, cuando los gritos de ira del despojado, así como los aplausos del público “”agradecido” por el espectáculo gratuito que acababa de ofrec??rsele”, aumentan su diversión.

Los chimpanc??s saltan de alegr??a, agitan las manos, aplauden y se ríen felices cuando logran divertirse a costa de alguien. Nuestro perro de aguas Snoopy, cuando se deba cuenta de que yo me encontraba de buen humor, en vez de traerme las zapatillas, como hacía normalmente, se divert??a escondi??ndomelas. Mientras más me alejaba de mi búsqueda del lugar donde me las había escondido, más alegres y vivos eran los movimientos oscilantes de su rabo. Se divert??a ri??ndose de m??.

Todo aquel que tiene un perro lleno de temperamento podría informar de actos semejantes. Los monos suelen tomarle el pelo al más atrevido de los bromistas; los delfines dan muestras de un tipo de humor más refinado; los elefantes son frecuentemente auténticos payasos y, entre los p??jaros, abundan los que justifican que el idioma alemán utilice la expresi??n Spassvogel para designar al hombre dado a las bromas.

Si bien está claro el origen de la expresi??n “alegre como un p??jaro”, no sí de dónde proviene otra expresi??n muy corriente en alemán: “seriedad animal”. ??Ten an en mente sus creadores a las vacas, por ejemplo? ??O consideraron que el tigre es un ejemplo de “seriedad animal”, olvidando completamente que el tigre en su niñez y juventud es uno de los animales más alegres y juguetones que existen en el mundo? Lo más posible es que los inventores de estas frases fueran ellos mismos tan serios como para no comprender los juegos y las bromas de los animales.

Por suerte, nos encontramos con dos frases que se contradicen: “alegre como un p??jaro” y “serio como un animal”. Desde luego hay que reconocer que los animales muestran su peculiar sentido del humor con bromas que por lo general son bastante pesadas, tanto cuando se las juegan entre ellos como cuando las gastan al ser humano. Son más bien, por lo general, travesuras que causan al otro una especie de molestia para poderse divertir con ella. Una especie de humor como el que emplearon con tanto éxito los directores del cine mudo “y los hermanos Marx” cuando hacían que las tartas de nata y los merengues fueran a estrellarse en el rostro de sus estrellas.

El catedr??tico de la Universidad de Zurich, Heinrich Hediger, observ?? detenidamente, durante su estancia en Kenya, cómo un elefante que pastaba un poco apartado del resto de su manada, compuesta de unos veinte animales, se fijaba en un cuervo bucero posado en una rama próxima. Lentamente, el Jumbo protagonista de nuestra historia se aproximí al p??jaro, levant?? su trompa y le solt?? un soplido que lo lanzó a varios metros de distancia de donde estaba posado antes de que estuviera en condiciones de reaccionar y emprender el vuelo. En otra ocasión el profesor fue testigo de cómo unos ant??lopes impalas, que pastaban bajo una acacia africana en la que había varios macacos que jugaban entre sí, fueron objeto de las burlas de ??stos. De repente, uno de los monos se dejé caer sobre los lomos de un ant??lope que, asustado, dio un salto en el aire de doce metros y huy?? despavorido, mientras los otros macacos en el ??rbol coreaban y aplaudían al bromista con sus gritos y saltos.

Entre los p??jaros quizá los más bromistas de todos sean los keas, los papagayos de Nueva Zelanda, que suelen reunirse en bandadas para dedicarse a hacer las más atrevidas travesuras y divertir a sus propios compañeros.

Al atardecer, en la pac??fica atmásfera que precede a la hora del sueño, es muy corriente que alguno de los keas se decida a deleitar a sus compañeros de bandada con un espectáculo de circo. Por ejemplo, se coloca sobre una piedra plana y se pasa medio minuto con la cabeza en el suelo y las patas en el aire, hasta que pierde el equilibrio y se queda en el suelo panza arriba, inm??vil, fingi??ndose muerto. Pero casi de inmediato se levanta y con auténticos andares de payaso salta al agua, donde act??a como el protagonista de un ballet acu??tico, dando saltos y piruetas, nadando de espaldas y, sobre todo, salpicando el agua para hacer el mayor ruido posible. Cuando logra realizar algo especialmente divertido o raro, los espectadores saltan sobre sus dos patas y agitan las alas para expresar su entusiasmo.

Me llama la atención, en especial, el hecho de que ese tipo de bromas alcanza un elevado grado de humor: en lugar de dejar en ridículo a los demás, el kea en cuesti??n hace de payaso, se finge el tonto, para hacer que los demás se diviertan con sus gracias.

Los delfines dan muestra de su predisposición humor??stica de un modo más delicado y refinado, como nos lo muestra la historia del delf??n Dolly, que ya cont?? en mi libro Un cocodrilo para desayunar. En ella encontramos el ejemplo de una forma de humor altamente desarrollado.

También resulta sorprendente lo que muchos perros pueden llegar a hacer en este aspecto, puesto que su sentido del humor y sus bromas no quedan por detrás de las de los delfines. Un ejemplo de ello nos lo ofrece Hubert, que con sus armas “mentales” mantuvo una continua discusi??n, un desaf??o permanente con su dueño, el bondadoso Arthur Krause., tratando de probar quién de los dos ten a razón.

En enero de 1981, el hijo del investigador, un muchacho de diecisiete años, regres?? a casa, de sus vacaciones en la nieve con una escayola <yeso> en la pierna derecha. Inmediatamente todo el mundo empezó a dedicar su atención al escayolado y a mimarlo. Incluso le dejaron sentarse en el cómodo sillón que habitualmente estaba reservado en exclusiva al profesor.

Unos días después, el profesor encontr?? a Hubert cómodamente echado en su sillón, pese a que sabía que eso le estaba rigurosamente prohibido. El se??or Krause agit?? en rgicamente su llavero, como sol??a hacer cuando quería advertir al perro de que había hecho algo indebido y que empezar??a a enfadarse con él si no cambiaba de actitud.

Inmediatamente, Hubert salt?? del sillón a la alfombra cojeando de modo capaz de mover a compasi??n al hombre de corazón más duro, arrastrando la pata trasera, ??exactamente igual que el hijo de su amo! En ese momento pudo verse la “escayola”. Hubert había tomado un trozo de papel higiúnico que humedeci?? con saliva y se peg?? a una pata. Aunque no a la derecha, que era la que se había roto el hijo del profesor, sino a la izquierda. ??Un pequeño error totalmente disculpable!

Como si quisiera demostrar su derecho a sentarse en el sillón del dueño de la casa, Hubert dio unas cuantas vueltas arrastrando la pata. Mientras el profesor trataba de salir de su asombro, el perro salt?? de nuevo al sillón y se limit?? a lanzar un ladrido breve, como si quisiera dar a entender que ya había demostrado su derecho a ocupar el sillón más preciado de la casa.

Después de eso, ya sí lo que debo responder a cualquiera que venga a hablarme de la seriedad de los animales.


Tomado con permiso de la editorial de:

Vitus Dr??scher. Perro que ladra, también muerde. Los falsos típicos sobre los animales. Editorial Planeta, México, 1982. 206 páginas. ISBN: 84-320-4727-9, páginas 27-30.

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